viernes, 15 de diciembre de 2006

04/12/2006 - MARRAKECH

El cansancio del día anterior nos dejó profundamente dormidos en nuestro cuarto ubicado en el vagón número siete. Compartíamos habitáculo con un señor de Tánger muy simpático que se dirigía a Marrakech por asunto de negocios. Solo pudimos entablar conversación con él por la mañana, ya que fue montarnos en el tren y caer literalmente en el más profundo de los sueños.

El día amaneció soleado con una temperatura completamente primaveral. Eran las 8:30 de la mañana y arribamos a la ciudad roja adentrándonos por un espeso y kilométrico palmeral. La primera impresión fue de un bullicio monumental. Muchos taxis (estamos en Marruecos) y muchas personas alrededor ofreciéndote algo. Nos fuimos directamente hacia la gran “Place Djemaa El Fna”, corazón de la ciudad y entrada al gran zoco de Marrakech.



Nos alojamos en un hostal cercano a la plaza y tras un “petit dejuner” nos fuimos a conocer la cuidad a pie. Al principio trazamos un pequeño itinerario, pero pronto la ciudad nos embauco y nos llevo allá por donde quiso. Hay que tener cuidado con los guías “amables” que se te pegan y te explican los planes del gobierno y la cultura de la ciudad. No buscan más que distraerte y luego pedirte dinero. Aunque desde un punto de vista menos occidental es normal que intenten ganarse la vida.



Visitamos gran cantidad de monumentos, desde edificios religiosos, la Koutoubia, el minarete y la mezquita, que quizás sean el monumento más conocido de Marrakech, emparentados como originales de donde surgió la Giralda Sevillana, hasta un sin fin de rincones inhóspitos lejos de las miradas de los visitantes menos atrevidos, pasando por el zoco o por la plaza de Djemaa El Fna, toda una mezcla de olores y colores difícil de describir. Y fue aquí, en esta plaza donde nos hemos tomado el mejor te de nuestras vidas, viendo un atardecer de ensueño, observando como la giralda y los coches de caballos allí presentes se iban ocultando en la oscuridad lentamente, dejando atrás un color rojizo del brillar de las piedras rojas con las que se levanta la ciudad.



Tras un día agotador y después de ingerir gran cantidad de tés moriscos, llego la hora de la cena. Evidentemente decidimos cenar allí mismo en la plaza, en uno de los puestos donde cenan los marroquíes y dicho sea de paso, donde no se sientan muchos turistas. Aquí nos encontramos con el presentador del lonely planet, nuestra más fiel acompañante en los viajes.

Nada más ocultarse el sol, la plaza se transformó por completo. Como si de una obra de teatro se tratase, ahora parecía otro escenario completamente diferente. Ya no había puestos de frutas, ni de crepes, ni ninguno de los vendedores ambulantes que estaban presentes durante el día. Ahora todo era fiesta y espectáculos. Todo esa magia había dado paso a un sinfín de cuenta-cuentos, encantadores de serpientes, adiestradores de monos, que por cierto te quitan el collar antes de que te des ni cuenta, adiestradores de erizos, obras de teatro, pintores, y un largo etc que dejan a cualquier turista encantado, atónito, maravillado, embobado.



La impresión que me dio fue la de un macro botellón de fiesta, aunque sin alcohol. Algo que en nuestro país desgraciadamente es difícilmente compresible para los mas jóvenes.

Sin más y agotados por un día de mucho ajetreo decidimos irnos a dormir a nuestro hotel.

Nuestro paso por Marrakech fue corto, pero intenso e inolvidable.

Volveremos.

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