Como casi todo en Marruecos, el bus salió cuando le dio la gana, aunque si recuerdo que era muy temprano y estaba muy sucio (también muy común allí). El trayecto hasta Erfoud no fue malo comparándolo con el que habíamos realizado días antes (unas 5 horas).
Un buen amigo mío, quizás la persona más aventurera que conozco, me dije que no me fuese del sur marroquí sin visitar a su colega Hicham. Me dio su número y me dijo que vivía en Merzouga. Dada la proximidad de Erfoud a Marzouga decidimos llamarlo e irnos a pasar algunos días con él.
Intentamos localizarlo pero ya no trabajaba en esa Kasbah, y como no, la persona que regentaba esa casa me dijo que si, que el era Hicham y que tenia sitio, solo que ahora estaba en Erfoud y no en Merzouga, así pues le dije que lo dejará que ya nos apañaríamos nosotros. Pero esto es Marruecos y tu un €uro con patas, así pues, allí estaba esperándonos para ir en 4x4 al desierto, nada mas lejos de nuestras intenciones.
Pero el destino es caprichoso. Durante el viaje habíamos conocido a un chaval joven que curraba dos semanas en Merzouga y luego volvía a casa unos días. Al rato de estar hablando con él nos dijo que iba a Merzouga, así que decidimos compartir un “Grand taxi” con él.
Desde la “Gare routiere” hasta la estación de taxis había un tramo de unos 2 kms a pie. La verdad es que la impresión de nos dio Erfoud fue muy buena. Grandes baños árabes en la entrada y mucha gente en el mercado, topicazo marroquí.
Ya en el taxi dirección a Merzouga y rodeado de arena cambiante de color en cada kilómetro nos comentó que el curraba en una Kasbah, así que nos dejamos guiar por nuestro instinto y decidimos irnos con el.
Cuando llegamos a Merzouga el pueblo estaba destrozado de la última arriada de agua que arraso el pueblo. Aun así, el pueblo nos encantó.
La Kasbah donde trabajaba nuestro amigo era la más retirada del pueblo, pero entre que dábamos caramelos a niños y mayores, el camino se hizo muy rápido.
Tras conocer al gerente de la Kasbah y tomarnos un te acompañado de un, bueno eso no viene al caso, le explicamos la odisea buscando al tal Hicham, y cual no seria nuestra sorpresa que la persona a la que buscábamos era el gerente con el que compartíamos el te. Las cosas inexplicables del destino.
Nos procesó la mejor de las atenciones y desde que llegamos nos sentimos como en casa. Rápidamente dejamos las mochilas, preparamos los dromedarios y salimos rumbo al desierto, Elo, un chaval Lituano que llevaba allí unos días, dos guías, uno Tuareg y otro Berebere y yo.
Ninguna sensación más mística que adentrarse en la nada. Arena y sol. Más arena y más sol. Tardamos poco en descubrir la magia del desierto. Ver como el color de la arena cambie antes de que te acostumbres a verla fue algo que jamás olvidaré. Aunque lo mejor estaba por llegar.
Elo se acostumbró rápidamente al movimiento senoidal que genera el lomo de un dromedario. A mi, aun me duele la entrepierna.
A unas 3 horas de camino llegamos a un oasis, llamado Oasis de CocaCola por los hombres del desierto. Al principio el nombre me hizo mucha gracia, hasta que comprobé con mis propios ojos lo acertado del nombre. Cantidad de españoles y franceses con sus 4x4 arruinando un paisaje espectacular con sus bocadillos y sus latas de cocacola. Quads haciendo un ruido que te bajaban los calzoncillos de las vibraciones, y motos de cross empeñados en cambiar un paisaje de dunas de arena fina por otro de arena de playa pisada con marcas de vehículos motorizados. La vergüenza que sentí en ese momento prefiero no plasmarla en este blog.
Pronto nos alejamos de las dunas y llegamos al desierto negro. Empezaba a oscurecer y el paisaje de iba haciendo cada vez mas espectacular, hasta que decidir dirigir mi mirada al azimut y descubrir el paisaje mas espectacular jamás creado. Morir en aquel momento no podría generar dolor, pues lo que tenía delante de mis ojos era lo más hermoso que se puede contemplar. Millones de estrellas pedían a gritos que las cogieses y que jugaras con ellas. Nada mas hicimos un alto en el camino me tire al suelo y volví a contemplar lo que tenia arriba, pues aun no me lo creía. Muchos son los días que recuerdo ese momento. Para un aficionado apasionado de la astronomía como yo, aquello superaba con creces el mejor de los orgasmos, si es que aquello no produjo múltiples de ellos.
Al fin llegamos a un lugar donde mora una familia Berebe, que accedió a dejarnos una jaima donde pasar la noche. Despojamos a los dromedarios de los bártulos, preparamos la jaima y contemplamos las estrellas. La familia nos preparó la cena, aunque solo podíamos ver a los hombres, las mujeres no podían acercarse a los turistas. Aquella noche, entre juegos y chistes con nuestros amigos del desierto fue inolvidable. Los juegos eran de lo más básico, pero ellos alucinaban con las cosas que les preparaba.
Cuando el frío se instalo con fuerza (lo extremo del desierto) decidimos irnos a dormir.
Cuando amanecimos, desayunamos algo ligerito y preparamos los dromedarios.
Cuando estaban preparados uno de ellos se escapó y la que formamos para volver a cogerlo fue de lo más cachondo.
A la vuelta a la Kasbah desubrí que mis chanclas habían desaparecido. Cuando me encontré a Hicham por el pueblo vi que las llevaba puestas. Me dijo que le dolían mucho los pies que las había visto allí y que parecían cómodas. Las cosas, cosas son. Vaya tío!
A cambio de eso y como agradecimiento al "regalo" nos dió un trilobite, que esta en nuestro salón y que cada vez que lo vemos nos recuerdan aquellos días en el desierto.
Después de las risas por lo sucedido y tras comentarle como nos fue el día anterior por el desierto decidió invitarnos a una pizza del desierto en Erfoud. Allí nos fuimos.
Todo el mundo flipaba con Hicham y sobre todo con nosotros cuando nos veían con el. Al tiempo nos dimos cuenta que era un líder del pueblo saharaui, puteado por el gobierno, y por respeto y porque el me lo ha pedido así, omito sus fotos en este blog.
La pizza estaba riquísima, quizás la mejor que hayamos probado jamás, aunque eso si, dimos mas de 20 vueltas para prepararla.
Al fin de la jornada tomábamos el bus en dirección a Fez, ya que teníamos que empezar a subir pues nos quedaban dos días en Marruecos y estábamos a más de 600 kms de la frontera.
Nos despedimos de Hicham con un hasta luego, con la promesa que la próxima vez que vaya te llevaremos un bote de nocilla de la tapa roja y una paradita en Xaoen para llevarle la que el dice es el mejor polen del mundo.
No olvidamos que nos tienes prometido un viaje de 8 noches por el desierto, donde moran familias tuareg en el exilio por la represión política.
Igualmente nos despedimos del pueblo (o de los niños del pueblo) con una pasta en dulces y refrescos.
Decidimos comprar los billetes del autobús caro y no pudo ser mas acertada, pedazo de autobús! Nos montamos en el bus, y a dormir….
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