Una vez que terminamos nos dirigimos a una pequeña playita donde la higiene brillaba por su ausencia, daba repelus pasar por allí incluso con el calzado. El guía nos indicó donde teníamos que comprar agua y de pronto un montón de mujeres con los brazos cargados de collares nos abordaron… empezaron a “regalarnos” cosas, a sabiendas que a al final de la tarde volveríamos al mismo lugar y seriamos suyos.

Como buenamente podíamos, nos fuimos subiendo al cayuco; intentando en la medida de lo posible no tocar nada…
En la orilla las mujeres nos despedían y chapurreando algo de español nos advertían de que a la vuelta estarían allí esperándonos; total no tienen otra cosa que hacer.

Íbamos a visitar la isla de los pájaros. Al principio estábamos muy entusiasmados, y todo era porque aún no sabíamos muy bien lo que nos esperaba…
El cayuco comenzó a andar por la costa y veíamos pasar los paisajes, los “astilleros” donde se construían los cayucos para ir a España, la vegetación… pero cuando ya llevábamos media hora sentados en un palo con el sol castigándote la cabeza y casi sin poder moverte, porque la barcaza volcaba, empezamos a cansarnos.

Después de algunas horas, el “capitán” nos advirtió que nos estábamos aproximando a la isla de los pájaros; nos sentimos muy aliviados, porque al fin podríamos estirar un poco las piernas. Pero más grande fue nuestra decepción, cuando resultó que la isla en cuestión carecía de tierra firme; era un inmenso manglar que se posaba sobre el agua. Se veía como las raíces salían del agua, pero no se veía nada de tierra. Sobre los innumerables matorrales que emergían del agua salada, millones de pájaros de las formas más extrañas hacían sus nidos; sin percatarse de nuestra presencia, o tal vez es que ya estaban muy acostumbrados a ver a los tobats, paseando por allí en las barquitas con cara de estreñidos.




Seguimos paseando en el cayuco y después de un rato, parecía que nos aproximábamos a una pequeña playita que se ocultaba entre el follaje. Nos quedamos boquiabiertos cuando vimos amarrados unos yates impresionantes. En medio de la nada, encontramos una islita con casas típicas en cuya playa había unos barcos carísimos, era un poco paradójico.
Al fin bajamos como pudimos y estiramos las piernas!

La isla era encantadora! Estaba todo lleno de verde, hierba fresca; por entre la cual se abrían caminos de una tierra blanquecina que conducía a cada una de las casitas con el techo de paja del poblado.

Como en toda la región, el calor era sofocante y después de tantas horas subidos en el cayuco estábamos destrozados y muy acalorados; pero incluso allí, había una gran nevera con refrescos y cerveza para los turistas.

Después de tomar algo, volvimos a montarnos en nuestro cayuco, un poco con los dientes largos, porque nos acomodábamos como podíamos en las tablas de la barcaza mientras a nuestro lado veíamos esos impresionantes yates.
Ahora poníamos rumbo a la isla de Affiniam; donde se supone íbamos a almorzar.

De nuevo más agua e inmensos manglares, a través de los que pasábamos despacio.
El espacio del agua empezó a ensancharse, habíamos pasado al mar; ahora las olas movían a su antojo la barquita como si fuera una pajita en un cubo. Divisamos esta vez una gran playa desierta con solo una casetilla de adobe medio derruida que ponía: “Affiniam Bon Voyage”.
Aquello al parecer era el puerto, o el embarcadero… en definitiva el lugar donde nos bajaríamos.
De la playa salía un camino de tierra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El guía nos dijo, que al final del camino estaba el “restaurante” donde íbamos a almorzar. Nos miramos un poco confusos, desorientados e incrédulos; como iba a haber un restaurante allí!! En medio de la nada!? Si aquella isla parecía totalmente desierta, típica de las escenas de la serie “perdidos”…

Estábamos demasiado cansados y hambrientos como para cuestionar la existencia de “vida” en aquel lugar; así que nos pusimos a andar siguiente el angosto camino.
La casucha se iba alejando cada vez más; y nos aproximábamos a lo que parecía una frondosa selva.

A nuestro paso, al lado del camino la arena de playa se iba convirtiendo en campos verdes de arrozares; aquello por un momento me recordó a nuestros paseos por los grandes campos de arroz de Thailandia.
Al final, el paseo nos resultó bastante agradable… Nos dio tiempo de charlar, pasear incluso corretear detrás de la inmensa alfombra de cangrejos que avanzaba de forma despavorida a nuestro paso.

Cuando atravesamos la línea de vegetación que en principio se veía a lo lejos; divisamos una gran casa con el techo de paja, vimos gallinas y vacas y parecía que era cierto que allí existiera vida.

Entramos en el campamento Diaméor Diamé; era una gran construcción de adobe en círculo, cuyo centro estaba descubierto… Todo alrededor del patio, estaba salteado de pequeñas puertas de madera que daban paso a pequeñas habitaciones con una o dos camas cada una.

Entramos luego en el comedor del campamento. Era un salón bastante grande, decorado con pintadas que parecían hechas por unos niños de primaria; las pinturas representaban escenas típicas de la zona como hombres pescando y mujeres cultivando.
Tenían una mesa preparada esperándonos… y al fondo había otra mesa en la que se estaban sentados varios hombres y mujeres del campamento.
Como ya sabían de nuestra llegada todo estaba preparado y no tuvimos que esperar a que los cocineros fueran a hacer la compra y cocinar.
De primero, nos pusieron una pequeña ensalada servida en un plato de estos que se ponen debajo de la taza de café, con algunas hojas de lechuga, y un cuarto de huevo duro para cada uno… Aquello me supo a gloria, aunque bastante cortito de cantidad; sobre todo lo digo porque de segundo había el plato típico senegales; arroz con pescado, y teniendo en cuenta que no me gusta el pescado, me tuve que conformar con saborear el cuarto de huevo duro que me había comido hacía escasos cinco minutos.

De postre trajeron en una canasta de mimbre, unas “bolitas” blancas que no sabíamos lo que eran hasta que las probamos, eran pequeñas naranjitas que parecían deshidratadas, de ahí su tamaño y su escasez de jugo.
Cuando acabamos, vinieron a retirarnos los platos; mi segundo estaba intacto… así que ni corta ni perezosa la chica que nos atendía lo cogió y volcó su contenido en una fuente de la que estaban comiendo en la otra mesa las personas del campamento.
Reposamos un poco la comida y decidimos ir a dar un paseo por el poblado. Aquello parecía sacado de una escena de la “Tierra Media”, y que en breve los hobbies saldrían a limpiar las puertas de sus casitas. Así como pequeños hobbies, nos sentíamos nosotros al pasar junto a los enormes baobats, que surgían imponentes de entre la frondosa vegetación.

Paseamos por el poblado mientras el guía nos iba explicando un poco, como era aquello… Junto al camino había una pequeña casita que resultó ser una especie de ultramarinos; entramos y compramos unas cuantas bolsas de caramelos.
Encontramos que estaban construyendo un edificio de ladrillos, nos explicaron que era una escuela y a la puerta de la misma había otro pequeño edificio con algunas duchas públicas; un gran cartel anunciaba que todo aquello estaba siendo construido por una ONG española.
En la verde hierba un grupo de chicos jugaban al futbol; y al vernos se dirigieron corriendo hacia nosotros para que le diéramos caramelos.

Nos dijeron que no los diéramos todos que había mucha más gente… y así fue! Como si lo hubieran anunciado en la televisión local, salían niños de todas las edades y algunos adultos para que le diéramos dulces.
El guía se detuvo a charlar con una mujer que iba acompañada de una joven, que tenía bastante mala cara. Le preguntábamos que le pasaba, y nos dijo que había pasado muy mala noche, porque hacía algunos días que tenía un dolor de cabeza espantoso.
Recordé, que en Zinguinchor, Manolo había comprado paracetamol y se lo ofrecimos a la chica que parece que le agradó bastante el ofrecimiento; ya luego a la vuelta compraríamos nosotros más.

Continuará...
No hay comentarios:
Publicar un comentario